Montauban es una ciudad de provincias de Francia, capital del departamento del Tarn y el Garona, en la región de Midi-Pyrènèes, de poco más de 55.000 habitantes. Se extiende casi toda en la orilla derecha del río Tarn, que últimamente se ha hecho famoso en los círculos del arte y la ingeniería modernos porque sobre su curso alto se ha construido el tan espléndido como quizás innecesario viaducto de Millau, espectacular sobre todo cuando la inversión térmica convierte el valle en un mar de niebla sobre el que flota fantasmagóricamente la calzada de la E 11. En Montauban, río abajo, hay otro puente, conocido como el Pont Vieux, construido entre 1303 y 1335 en ladrillo, diseñado para resistir las crecidas periódicas del río. Sobre ese puente, en la orilla derecha, se eleva el palacio de los condes de Toulouse, también sede episcopal en tiempos, que ahora alberga un museo. La verdad es que uno podría decir que en Montauban nunca pasa nada, al menos aparentemente. La ciudad, una de las bastidas más antiguas de Francia, padeció lo suyo en la Edad Media con la revuelta albigense y ya en la Edad Moderna con el levantamiento de los Hugonotes pero una vez que pasaron su adolescencia y juventud tempestuosas la ciudad se limitó a prosperar discretamente a la sobra de la cercana Toulouse, dedicada al campo y a las manufacturas ligeras, mientras su población vivía la apacible vida burguesa de provincias, levemente agitada por la Revolución. En 1775 se instaló allí Jean Marie Joseph Ingres, un joven artista nacido en Toulouse 21 años antes, que practicaba todas las artes figurativas, la música, el canto e incluso la arquitectura a pequeña escala. En 1777 se casó con Anne Moulet, la hija de un barbero, y el 20 de agosto de 1780 nació el primero de sus siete hijos, al que bautizaron el 14 de septiembre en la iglesia de Santiago de Montauban, poniéndole por nombre Jean Auguste Dominique.
El niño fue al colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas desde 1786 hasta el cierre de la escuela por la Revolución en 1791. La formación que recibió allí estuvo casi absolutamente limitada a la doctrina religiosa hasta que su padre tomó cartas en el asunto y aprovechando el cierre le inició en el dibujo y la música. Demostró tener buenas cualidades para las dos cosas, y desde el primer momento una serie de casualidades le pusieron en un camino artístico muy determinado, que le llevaría a abrazar la bandera del clasicismo y a la lucha casi fanática contra otros movimientos. Su padre, siguiendo la costumbre de la época, le dio una colección de grabados que incluían reproducciones de Rafael, Tiziano, Correggio, Rubens, Watteau y Boucher para que los copiase. Ese mismo año ingresa en la Academia de Toulouse como alumno de Guillaume Roques, a su vez discípulo de Vian en Roma, un artista menor pero profundamente apasionado por Rafael. Así, Rafael se convierte en la gran influencia de Ingres desde sus años de formación, en los que acumula premios académicos y en los que compagina su dedicación a las artes plásticas con su participación como violinista en la Orquesta del Capitole. En 1797, después de ganar el primer premio de dibujo de la Academia de Tolulouse, se dirige a París con el hijo de su maestro Roque y entra en el estudio de Jacques-Louis David, que entonces empezaba a acercarse al pináculo de su gloria. Allí destacó como uno de los alumnos más estudiosos, y su carácter formal le aleja del ambiente turbulento del París artístico y revolucionario. Sigue acumulando premios, recibe encargos de retratar al mismo Napoleón, le conceden una beca para viajar a Roma que el Estado va a tardar años en pagar, le nombran miembro de la Sociedad de las Artes y las Ciencias de Montauban cuando apenas tiene 21 años, y todo parece ir deprisa y bien para el serio pintor de provincias.
En 1806 se expone el “Napoleón en el trono” en el Salón de Otoño, junto con varios retratos que no gustan ni a la crítica ni al propio David, que los califica de “alborotados”. Ese comentario de David llega justo en el momento en el que el Estado le costea por fin la estancia en Roma, y nos permite apreciar otro rasgo notable de su carácter, la hipersensibilidad a las críticas, que no acepta nada bien. En Florencia y Roma Ingres puede olvidarse de las críticas, estudiando a Masaccio y a Rafael en sus mismas fuentes. Parece decidido a cambiar de vida y llega incluso a romper el compromiso matrimonial que había contraído con Julie Forestier, aunque en el caso de Ingres su cambio de vida no implica un cambio estilístico. A pesar de las dudas de algunos críticos, Ingres llama la atención por la perfección técnica que ya había alcanzado sobradamente en el momento de viajar a Roma como muestran los retratos de la época, uno de los cuales es el de Madame Devauçay que nos ocupa.
Es un óleo sobre lienzo de 76 por 59 centímetros realizado en 1807, en el que representa con su habitual fidelidad a la naturaleza, su dominio del óleo y su fácil elegancia a Madame Antonia Devauçay, amante del embajador francés ante la Santa Sede Jean Marie Alquier. El cuadro perteneció a la colección privada de la modelo, de ella pasó a la de Reiset y a la del duque de Aumale, que finalmente lo cedió al museo Condé de Chantilly, donde se expone ahora. La obra, bajo su aparente simplicidad, oculta en realidad una estructura sofisticada depurada en una composición en la que los colores se reducen a unos pocos tonos cuidadosamente medidos. El exquisito modelado y la limpieza de los contornos son absolutamente deudores del arte italiano renacentista, que es especialmente visible en la obra de Ingres como retratista. La sensación de quietud y serenidad que muestra la modelo contrasta con la complicada geometría oculta del cuadro y la discreta vida que llevaba como amante de Alquier contrasta también con el momento tenso que atravesaban las relaciones entre Francia y la Santa Sede en aquellos años. La síntesis elegantísima entre color y forma será otra imagen de marca permanente.
No será la única vez que pinta a Antonia Devauçay. Al año siguiente la retrata desnuda de espaldas en la obra conocida como “La Bañista de Valpinçon”, uno de sus primeros desnudos femeninos en un lienzo. En 1811 pinta como obra de final de estudios la colosal “Tetis y Júpiter”, que es denostada por los neoclásicos y en cambio admirada por los románticos, a los que Ingres aborrecía con toda su alma. En 1813 se casa con Madeleine Chapelle, con la que mantendrá un matrimonio largo y feliz hasta la muerte de ella en 1849. Madeleine fue su mejor aliada y su admiradora más incondicional, la que le dio fuerzas para soportar uno tras otro los desplantes de la crítica y, lo que era peor para Ingres, los halagos de los románticos. Eugene Delacroix, el gran artista romántico, se convirtió en su némesis, un proceso reforzado por la costumbre de exponer enfrentadas las obras de los dos en los Salones de París, y el tranquilo pintor de Montauban se ponía como un basilisco cada vez que el nombre de Delacroix salía a colación en los ambientes artísticos. Cuando en 1856 Delacroix es nombrado miembro de la Academia de Bellas Artes, Ingres declara solemnemente que rompe con su siglo, al que encuentra “ignorante, estúpido y brutal”. No es del todo cierto que Ingres rompa con nada, porque va a desarrollar una larga y respetada carrera como profesor en diferentes instituciones, dejando un profundo legado en el arte académico, y su excelencia como maestro sí es unánimemente reconocida. Por cierto, la inquina que le tenía a Delacroix nunca fue recíproca y conoció un momento de tregua cuando en los disturbios revolucionarios de 1830 los dos unieron fuerzas para proteger las colecciones de Louvre. No por casualidad, Ingres se encargó de la sección italiana y Delacroix de la flamenca.
Ingres se encuentra en su vida adulta, por lo tanto, en el epicentro de la polémica entre neoclásicos y románticos. Los críticos neoclásicos le zahieren con comentarios tales como que es un hombre de talento incuestionable completamente perdido por un afán absurdo de originalidad, o señalando que es una lástima que una persona de tan extraordinario talento se empeñe en desdeñarlo. Baudelaire, uno de sus críticos más conspicuos, dice por una parte que dibuja mejor que Rafael pero por la otra le califica como un talento avaro, colérico y paciente, resultado de cualidades contradictorias. Dice que sus obras son hijas del dolor y engendran dolor, nada menos, y que él es un hombre dotado de talento y elocuente como dibujante pero completamente desprovisto del vigor del genio. Delacroix dijo que la obra de Ingres era la expresión completa de una inteligencia incompleta, llevando hasta el límite su talento, cosa rara entre los humanos y ciertamente digna de respeto por lo que tiene de hermoso ejemplo. Con el paso del tiempo, superada la polémica entre los estilos y creados puentes entre la academia y el arte transgresor gracias a Manet, Courbet, Renoir y otros, la visión sobre Ingres cambió, y en 1934, en el catálogo de una exposición de retratos pintados por él y sus discípulos, se podía leer lo siguiente, que seguro que le hubiese agradado: “En virtud de un genio intuitivo […]Ingres alcanza en sus mejores momentos una verdadera belleza espiritual, […]confiriendo a la efigie de un hombre o mujer de su tiempo la inmortal autoridad de un prototipo” Creador de prototipos inmortales, algo que le hubiese gustado escuchar.
Escribió mucho sobre arte y sobre sí mismo: “Soy un conservador de buenas doctrinas, y no un innovador. Tampoco soy, como pretenden mis detractores, un servil imitador de las escuelas de los siglos XV y XVI”, dijo en una ocasión. “Siempre es bello lo que es verdadero”, escribió en otro lugar, dando la razón a los que decían que la única etiqueta que podía serle aplicada era la de “realista” en el sentido en el que lo fueron Masaccio, Miguel Ángel o Rafael. Respecto a Rafael, dejó escrito que “Rafael es la gracia, la belleza, la armonía: en fin, es Rafael”, y en cambio Rubens, admirado por Delacroix, dijo que “no hay duda de que Rubens es un gran pintor, pero es ese gran pintor el que lo ha echado todo a perder”
Después de una vida larga, en 1867, disfrutando de un reconocimiento y un éxito tardíos, muere de pulmonía el 14 de enero y es enterrado en el cementerio del Père Lachaise. Dejó un legado de numerosos alumnos y seguidores, casi doscientos lienzos catalogados, otro buen número perdidos o desaparecidos en alguna colección privada, y varios miles de maravillosos, casi insuperables dibujos, que todavía hoy permanecen como una cima indiscutible del arte. Al final, el provinciano de Montauban de formación cultural mediocre encuentra su lugar en el Parnaso, mirando con desconfianza a los románticos de pelo alborotado mientras charla con Ceusis sobre las proporciones del rostro de Helena de Troya. En 1930, para romper dramáticamente la monotonía del Midi igual que un siglo antes el Romanticismo había agitado violentamente las raíces del arte académico, el Tarn se creyó por un día el Amazonas y su nivel subió en Montauban 17 metros en 24 horas, arrasándolo todo a su paso en un día de furia aterradora. El puente, sin embargo, resistió, y también el palacio de los condes de Toulouse, donde desde 1869 se encuentra el Museo Ingres, como un siglo antes el arte de Ingres había resistido la riada romántica y había mantenido la bandera de la perfección académica. En las escasas imágenes color sepia de la catástrofe hay algo conmovedor en el puente sucio pero intacto en medio del caos de la naturaleza desatada, como hay algo de conmovedor en ese artista burgués provinciano e hipersensible a la crítica sosteniendo en alto un viejo estandarte apolillado en medio del torbellino creativo de realistas, impresionistas y postimpresionistas, cuyo arte llamaba a la puerta de la vanguardia más radical. La grandeza y en cierto modo la tragedia de Ingres consiste en esa fidelidad a un estilo muerto que aún no sabe que lo está. En las salas del museo Ingres de Montauban, desde cuyas ventanas se ven el Pont Vieux y el Tarn, siguen esperando a los visitantes esos cadáveres elegantes y exquisitamente educados que nos ofrecen una breve visión de un mundo acabado para siempre, engullido por la velocidad irrefrenable del siglo. Merece la pena aceptar la invitación, inclinando cortésmente la cabeza.

























