Templos romanos, templos griegos y porqué no pueden confundirse.

Los romanos eran un pueblo más de ingenieros que de artistas, aunque sus obras de ingeniería no carecieran de cierta belleza formal. A la hora de construir empleaban con cierta libertad los órdenes griegos, sometiéndolos a modificaciones que hubiesen hecho desmayarse a Ictino y Kalíkrates, pero en su fondo más íntimo los romanos tienen más que ver con el naturalismo, la vitalidad y la energía de los etruscos que con la racionalidad griega. El arte etrusco es más expresivo, más directo que el griego, y tiene mucho más que ver con el carácter nacional romano lo que es muy visible en las minuciosas esculturas históricas y también en los templos.

Para el mundo griego, el templo es simbólicamente un claro en el bosque donde habita la divinidad y donde se puede pensar, estar en contacto con ella. Cuando los pueblos protogriegos bajaban por los Balcanes hacia la Hélade eran todavía una horda de bárbaros que harían estremecerse a los refinados cretenses y darían nauseas a los rudos habitantes de Micenas. Pero en medio de su barbarie tenían una magnífica intuición de lo que es la relación con la divinidad y su presencia en la vida cotidiana. En el bosque que es la vida, lleno de árboles caídos, espinos, matorrales y saúco en lugar de moras, de cuando en cuando se abre un claro en el que poder sentarse, mirar al cielo y respirar, tomar fuerzas y volver al bosque. Los templos griegos de la época clásica eran maravillosas abstracciones en piedra de este concepto, racionalizadas por elaboradísimos cálculos matemáticos y regidas por cánones muy rígidos de una elegancia exquisita. Los romanos eran otra cosa.

Los templos griegos estaban por lo general rodeados por una escalinata y normalmente eran perípteros, es decir tenían columnas alrededor de todo el perímetro. Esa escalinata era de poca altura y raramente excedía los tres o cinco peldaños. El tamaño del templo se veía determinado por el número de columnas en el frente, habiendo en el lado en doble más una columnas que en el frontal. Los romanos, en cambio, como herencia etrusca, colocaban sus templos sobre altísimos podios cuya escalinata estaba situada en el eje de la puerta de la cella, eras pseudoperípteros (es decir, con las columnas laterales adosadas a muro de la cella) y no era extraño encontrar que la longitud del templo venía determinada por la mitad menos una columna de las que aparecían en el frontal.

Hay otros elementos más sutiles, como la altura, grosor o separación entre las columnas, tendiendo los romanos más a la desmesura que los contenidos griegos, pero en general, cuando se ve un templo que parece griego encaramado en un podio altísimo es que no es griego sino romano y confundir uno con otro es un error digno de la Damnatio Memoriae, como poco, o de participar en un espectáculo del Coliseo con una silla de pista.

Por ejemplo, aquí está el Partenon, un ejemplo magnífico de tempo griego clásico.

 Y aquí la Maison Carré de Nimes, arquetipo de templo romano.

Vamos, que no es posible la confusión entre un templo griego y uno romano. Pero como siempre hay una excepción que confirma la regla, echadle un vistazo a esta planta:

Es un templo decástilo, veintiuna columnas en el lateral (como mandan los cánones), doble innantis, con escalinata de acceso por todas partes, doble cella y todo lo que un templo griego helenístico podría y debería tener, pero sin embargo es la planta del templo de Venus y Roma, construído en el foro de la mismísima Roma. La pregunta es ¿qué hace un templo griego construido en el foro romano? ¿No habíamos quedado en que no es posible confundir templos griegos con templos romanos? Sigo pensando que no es posible (bueno, TODO es posible, pero estamos hablande de gente que sabe o debería saber de lo que habla) y en esta ocasión la explicación de la posible confusión es la que acabo de dar antes: es un templo GRIEGO construido en Roma por el emperador Adriano, un profundo conocedor (y admirador) del arte griego, en muchas de sus formas.

También son ganas de confundir a los estudiosos del futuro. Adriano tenía un peculiar sentido del humor, de eso no cabe duda.

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